Las marcas que dejamos
Dice mi madre que cada vez que plancha se acuerda de la marca en el polo de una de sus compañeras de colegio, se sentaba delante de mí, y yo me fijaba en la marca que le quedaba en la espalda. El triángulo del cuello, me explica, que se le marcaba por no haber planchado sobre la tabla, sino directamente sobre la parte de atrás del polo.
Pienso en las marcas que dejamos. En las historias detrás de cada marca, de cada grieta, de cada surco, de cada cicatriz. Mi madre estudió en la escuela de la azucarera hasta quinto curso, luego ya no había y me fui a las monjas. Me enseña una foto de la escuela que encuentra en internet, de cuando se inauguró.
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| Escuela de la azucarera, a la que fue mi madre hasta 5º curso. |
Arquitectura racionalista al servicio de los y las trabajadoras de la fábrica de azúcar, que se estableció en Venta de Baños por su ubicación estratégica como nudo ferroviario. Hoy de la escuela no quedan más que las ruinas, paredes como un esqueleto hueco en las que resuena el eco de las marcas, de las historias que olvidamos.
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| Lo que queda hoy de la escuela de la azucarera. |
En aquella escuela estudió algunos años también mi abuelo, hasta que el director decidió expulsarse por una chiquillada: ese tío tragador, me echó cuando yo más podría haber aprendido, decía a veces con cierta pena en la mirada. Después trabajaría en la fábrica durante más de cincuenta años: reparando la maquinaria gastada, soldando las fisuras del metal comido por la remolacha azucarera, sellando las grietas, ocultando la historia de las marcas; para que todo siguiera funcionando, sumido en el silencio mecánico de la fábrica.
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Leo esta mañana un artículo sobre el pasado esclavista europeo, sobre lo que decidimos ocultar. La historia colonial que se esconde bajo el paisaje de nuestras ciudades revela marcas, cicatrices que silenciamos, que intentamos borrar. En una de las fotografías del artículo se muestra un dibujo sobre la pared de una de estas casas coloniales, realizado por alguna de las personas cuyas vidas fueron silenciadas por el régimen esclavista que sustentó el auge de la industria azucarera en Cuba.
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| Dibujo sobre una pared de la Casa Pedroso, Cuba. Judith Prat. |
El dibujo me conmueve. Personas despojadas de su historia, tratadas como simple mercancía para sustentar una maquinaria industrial y económica atroz. Sus voces ahogadas en los muros de aquellas construcciones coloniales, de los ingenios azucareros, de los barcos transatlánticos que arrancaron de su tierra a millones de personas a lo largo de cuatro siglos. Voces que nos hablan desde las marcas en la pared, desde los resquicios, desde las rejillas de ventanas por las que apenas pasa la luz.
No es simplemente un retrato del pasado. Las marcas siguen agrietando el presente, y se graban en los rostros, en las vidas, en el hambre de tantas personas. La injerencia internacional sigue mermando poco a poco a Cuba, que es a día de hoy un caimán sin dientes, quizá picados por las caries de aquel azúcar de otra época.
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Este agosto viajo a Tierra de Campos, Palencia. Observando las distintas capas que se esconden en las paredes de adobe de las casas vuelvo a pensar en las marcas que dejamos, en las historias que esconden. Durante esos mimos días, miles de personas migrantes sufren en su propia piel la dureza de una sociedad en la que parece que ya no queda sitio para nadie, la voracidad de un sistema que usa los cuerpos como meras herramientas con las que perpetuar su vigencia, siempre por el interés y beneficio de unos pocos. Cuerpos-objeto que se desgastan, que se agrietan; vidas que quedan para siempre marcadas, que se silencian.
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| Pared de adobe en un pueblo de Tierra de Campos. |
La respuesta internacional y mediática es desoladora en el mejor de los casos: un debate inútil, vacío, en torno a términos que desvían la atención, que nos alejan de un enfoque profundamente humanitario, profundamente humano. Nación, prioridad, geopolítica, desestabilización, devolución, espacio común, tratado internacional, frontera....
Las fronteras son también marcas. Marcas que dejamos, que cercenan vidas, que cuentan historias que preferimos silenciar. El mar diluye toda frontera. El mismo mar en el que miles de vidas se pierden cada año ante nuestros ojos, impasibles, es también el mar que ha unido desde siempre a pueblos, culturas, lenguas y personas. Volvamos a mirar al mar como un abrazo, exigiendo que las voces sean escuchadas, que las vidas no vuelvan a silenciarse, que las marcas no sean borradas, que no se oculten sus historias. Quizá así podamos mirarnos a los ojos, reconocernos, pensar un mundo donde todas las personas tengamos cabida.
Los pueblos no tienen dueño, ni fronteras tiene el mar.




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