La injusticia de ganar sin jugar a nada
De pronto Spinetta a través del auricular me suelta, ché pero que decís: la historia está repleta de momentos en los que ganaron aquellos que no jugaron a nada. Me tiembla el piso y me quedo dándole vueltas a eso. Los que no jugaron a nada y ganaron; los que perdieron cuando se lo jugaban todo. Me imagino a los jugadores de la selección española: tan obstinados, tan constantes, ofreciendo su mejor versión. Con el trabajo en equipo, con ese fútbol elaborado, con su calidad, con su humildad... Y aún así, perdiendo. Y qué injusto. Y dale, amigo, tan sólo fue un partido. Y la Argentina ganando quizá sin saber ni cómo. Y decime que se se siente, haber perdido la final. Y en Latinoamérica la gente celebrando, porque en el fondo llega como una victoria que quizá la historia les debía. Y de algún modo, siento que lo puedo entender.
Con el mundial se puso todo intenso. El fútbol moderno quizá ya dejó de ser fútbol para convertirse en otra cosa. Leo un artículo que habla de Argentina y de España, de su evolución económica y política desde el siglo XIX. El fútbol llegó en ambos casos a través del imperialismo británico. A día de hoy, se encuentran en España los dos clubes de fútbol con más ingresos del mundo. Quizá esto pueda servir de argumento para justificar una supuesta desigualdad en lo económico entre ambos países; tampoco sé si es evidente. Que los beneficios obtenidos por entidades del capitalismo más voraz repercutan de algún modo en la sociedad, mejorando las condiciones de vida de las personas es, cuando menos, cuestionable. Los negocios millonarios de unos pocos se dan siempre a costa de la mayoría...
Circula por "el Internet" una broma que dice algo así como: lo necesario para jugar al fútbol: pelota (opcional). Pienso que quizá sea en esa suerte de sencillez donde resida el elemento subversivo del fútbol. El mismo partido de la final podría darse aún despojado de lo mediático; de las entradas por miles de dólares; de las tecnologías cada vez más sofisticadas, que garantizan una supuesta imparcialidad, siempre subjetiva; de los jefes de estado sentados en su palcos acristalados; de los personajes grises que controlan el fútbol como organismo de poder... Todo banal, todo prescindible una vez que el balón comienza a rodar, en una cancha cualquiera, en un picado cualquiera.
El fútbol moderno, todo un entramado pensado para que ganen aquellos que no juegan a nada. Ahora y siempre, toca quizá reivindicar el juego, el juntarse, el reír, el compartir, en torno a una pelota (opcional), en torno a lo que sea. En los últimos días los incendios asolaron gran parte de los montes y pueblos del país, de tantos países. Gentes evacuadas de sus casas, en ocasiones porque lo perdieron todo. Se juntan en localidades cercanas: vecinos que ofrecen alojamiento, comidas, espacios públicos, asistencia médica, simplemente compañía. Dice una mujer en una entrevista que quiere regresarse ya, a su casa, a lo que quede de ella. ¿Y tu hija, cómo lo está llevando? Le pregunta la periodista. No, ella estupendamente, todo el día jugando con con los otros niños, en la piscina, ayer en el rocódromo... que cuándo nos vamos, que no se quiere ir.
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